¿Qué es una tentación y qué es ser tentado?

En la mayoría de los casos, la tentación no procede de fuera nuestro, aunque afuera está aquello a lo que nos empuja la tentación, es de dentro de nosotros mismos que procede la fuerza que nos impulsa a hacer cosas que no convienen o a dejar de hacer aquello que conviene que hagamos. Esto aplica para todo ser humano, mujer, hombre, joven, niño, anciano, de cualquier religión. Nuestra naturaleza humana nos ubica en esa riesgosa situación.

Podríamos definir la tentación como aquella atracción hacia algo que, si somos sinceros, realmente «queremos hacer». Lo más difícil de la tentación es que, tiende a contar con nuestra complicidad, y es allí donde radica su extraña fuerza porque pareciera que la tentación trae integrada una convincente colección de excusas aparentemente irrefutables.

Tentaciones
Tentaciones
Para que podamos considerar algo como una tentación, debe ser algo que nos atrae fuertemente y que nuestro cuerpo parece desearlo irresistiblemente. De esto podemos concluir que, lo que es una tentación para mí, no lo es, necesariamente, para otro cristiano. Por ejemplo, una botella de licor podría constituirse en el objetivo de una tentación de un cristiano que antes de conocer a Jesucristo haya tenido problemas con el consumo excesivo de licores, tanto así que, podría hacerle sudar de deseo y provocarle temblor y por su mente fluirían atropelladamente las más variadas excusas para impulsarle a ingerir ese líquido: «no me voy a emborrachar, porque según la Biblia, los borrachos son los que no entrarán en el Reino de los Cielos», «Un poco sólo sirve de alimento ó para matar algunos parásitos porque el alcohol es medicinal», Etc. Pero esa misma botella de alcohol que tortura a un ex-bebedor, no le provoca la más mínima emoción ni atracción a alquien que no tuvo ese problema con el alcohol, sin embargo, a este último puede que las tentaciones le lleguen de una forma más violenta que al bebedor y en cuestiones que, aparentemente sean más comprensibles que la simple atracción a una bebida. Cada uno considerará más peligrosas sus propias tentaciones porque apelan a sus debilidades.

La solución o la forma de escapar a cualquier tentación fue entregada por Jesús. En la fórmula de la oración que enseñó Jesús, se nota que debemos pedir ayuda para «no caer en tentación», se trata pués, de una lucha espiritual que para vencer en ella, es suficiente que pidamos ayuda (la oración es la solución). Aunque sintamos la misma confusión que maravillosamente describió el apóstol Pablo, nuestro cuerpo, nuestra propia mente sentirá una irresistible atracción y cuando estamos casi derrotados, nuestro espíritu clama desesperado por ayuda porque sabe que no se debe hacer aquello que aparentemente queremos hacer. Cuando confesamos que necesitamos ayuda, cuando pedimos a Dios que nos ayude, aunque lo pronunciemos cegados por el mal deseo que nos absorve, el auxilio llega de forma infalible y lo que realmente nos impulsa a pedir ese auxilio, aparentemente no deseado, es la manifestación de nuestro amor por nuestro Salvador, es el deseo que alberga nuestra alma de no ofender a nuestro Redentor y allí se cumple otra promesa: «Sabe Dios guardar sin caida a los que le aman».

La solución a la que, tristemente, muchas veces no recurrimos cuando estamos en riesgo de caer ante una tentación, está disponible para todos. No se trata de personas más santas que otras, los cristianos reconocemos que somos pecadores, que del corazón proceden los malos pensamientos y los malos deseos, sin embargo, tal como lo enseñó el apóstol Pablo, la solución está en vivir dando prioridad a lo que el Espíritu de Dios nos dice o nos advierte en forma oportuna, porque en eso consiste vivir en el espíritu, atendiendo la voz de Dios en nosotros mismos que nos guía a toda verdad.

Hay tentaciones que «nos encienden» y tentaciones que «nos apagan». Tentaciones activas o pasivas, ninguna de ellas pretende beneficiarnos. Las primeras nos impulsan a hacer algo malo, mientras que las segundas, las que no parecen existir, «sólo» pretenden que no hagamos lo que tenemos que hacer. Mientras unas procuran que hagamos lo que no conviene, las otras provocan que no hagamos lo bueno. Porque el cristiano peca al dejar de hacer lo bueno, tanto como peca al hacer lo malo: «Y al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es contado por pecado», así lo dice la Biblia.
Estamos expuestos a nuestras debilidades, durante tanto tiempo como vivos estemos en esta tierra. Sin embargo, nuestra situación no es para que nos derritamos en lamentos, pues contamos con una sólida referencia que nos permite estar tranquilos porque se nos garantiza el éxito.

¿Es una tentación o es una excusa?

Para saber cuál debe ser nuestro proceder ante una tentación, primero debemos reconocer que se trata de una tentación y no de un deseo nuestro. Por decirlo de otra forma: Resulta fácil sentirse estúpido peleando contra uno mismo y eso es lo que creen haber entendido aquellos que promueven «la libertad» de acción sin esa molesta «coacción» que los fanáticos de la Biblia pretenden ejercer sobre ellos. En realidad, todos quisiéramos darnos «nuestros gustos» de vez en cuando o muy frecuentemente.

La verdad, aunque podríamos culpar a un ente externo por empujarnos a la tentación, nunca podremos renunciar a la responsabilidad de haber «atendido» a esa tentación. Aquellos que, después de haber hecho una barbaridad, pretenden excusarse diciendo que «un espíritu» les empujó a ello, sólo pretenden engañar a los demás como se han engañado a sí mismos. El problema es falta de fe, porque el beneficio de la tentación es inmediato, mientras que, el beneficio de abstenerse de ella depende de cuán real es para nosotros la oferta de Dios, quien ofrece premiar a aquellos que resisten lo malo.

Resumiendo, para no complicar las cosas, cada uno tiene sus propios principios, pero no deja de estar claro que hay cosas que no convienen y cosas que esclavizan, a todas ellas, lo que nos empuja se llama TENTACIÓN. Todas aquellas cosas que convienen porque nos benefician y benefician a los demás, son las que otro tipo de tentación pretenden evitar que hagamos. Pero si no queremos que el asunto sea muy difícil de comprender, veamos que la tentación, muchas veces nos impulsa a hacer aquellas cosas prohibidas por la ley de los hombres y con eso tenemos un gran trecho recorrido, porque la norma no se queda únicamente en lo prohibido por los hombres en sus leyes sino, principalmente, en lo que Dios ha dejado establecido en su palabra escrita, la Biblia.

No hay excusa ante una tentación, sólo nuestra obligación de decidir si caemos en ella o no. En realidad queremos caer, esa es nuestra elección natural, sin embargo, nuestro espíritu clama a Dios por ser rescatado y si pedimos el auxilio de Dios con nuestra boca, es infalible la intervención divina porque hay promesa de por medio: No seremos tentados más de lo que podamos soportar. También, el cristiano, que es aquel que ha decidido seguir a Cristo, debe tener presente que en Jesucristo, somos más que vencedores, pues la victoria está con él.

Las tentaciones a Jesús

Para tener una guía de tipos de tentaciones y la forma de vencerlas, Jesucristo fue sometido a las peores exceptuando un sólo tipo de tentación que suele hacer caer a muchos que dicen buscar a Dios.

Analizando las tentaciones a las que fue sometido Jesús, debemos notar que, antes de reaccionar a cada una de ellas, él se apoyó en lo escrito, diciendo: «Escrito está» como introducción a sus respuestas.

¿Por qué Jesús respondió a las tentaciones diciendo «escrito está»?

Porque, cuando estamos sometidos a alguna presión externa o interna, con razonamientos que son influenciados por nuestra necesidad o interés en aquello a lo que nos impulsa la tentación, buscaremos y «aparentemente encontraremos» la excusa perfecta para satisfacer nuestra necesidad u obsesión. Por esta razón, Jesús no quiso exponerse a sus razonamientos de ese momento y considera más conveniente apoyarse en lo que está escrito.

Las tentaciones a Jesús ilustran perfectamente, no sólo la progresión gradual de la intensidad o atracción de las tentaciones, sino también, la forma de escapar de ellas.

  1. Las necesidades inmediatas. Cuando Jesús terminó su ayuno en el desierto, lo más urgente para su cuerpo era el alimento, entonces fue tentado en ese aspecto. Sin embargo, no porque fuera malo alimentarse, reconociendo la malévola intervención de aquel que le quería hacer quedar como un desesperado hambriento que usa cualquier recurso para satisfacer su hambre, Jesús le demostró que no se trataba de aguantar hambre, sino de reconocer que el Poder de Dios satisface al hombre en todos los sentidos. Porque Jesús bien pudo pensar: «Mi Padre sabe que tengo hambre, no hay nada de malo que convierta esas piedritas en alimento, con eso no le estaré quitando el alimento a nadie, porque ya hice ayuno, tengo derecho a comer, Etc», en lugar de ello, simplemente dijo: «Escrito está, no sólo de pan se alimentará el hombre, sino de toda palabra que proviene de Dios».
  2. La vanidad. Luego que Jesús se apoyó en la escritura para responder y callar al tentador, este creyó que se trataba de una obediencia ciega a la escritura, como si la escritura fuera el fin, entonces tentó a Jesús empujándole a saltar del pináculo del templo, diciéndole que si era hijo de Dios que lo hiciera porque estaba escrito que Dios enviaría a sus ángeles para que lo sustuvieran en sus manos. Pero Jesús, dándonos una preciosa lección, le respondió que también estaba escrito: «No tentarás al Señor tu Dios», para mostrarle que la escritura no es para cuestionar o exigirle a Dios, sino que es nuestra guía para agradarle y honrarlo. Porque en esta tentación se apela a la vanidad humana, podemos ver que si Jesús se hubiese guiado de pensamientos humanos y no en la escritura, talvez hubiese dicho: Le voy a demostrar que soy hijo de Dios y se hubiese lanzado desde el pináculo del templo para demostrarle a todos que Dios estaba con él. Fácil resulta notar que muchas veces podemos caer en ese tipo de tentaciones cuando queremos hacer un show demostrando cuán consagrados estamos y por eso vemos algunos que hasta fingen que hablan en lenguas angelicales y cosas por el estilo. Este tipo de tentación es más difícil de detectar, por lo que debemos pedir el auxilio de Dios para no caer en ellas.
  3. La abundancia. El tentador, cuando notó que Jesús no se apoyaba en sus pensamientos humanos ni que simplemente obedecía la escritura sin tener claro que el objeto de esta es honrar a Dios, entonces fue más directo y le ofreció todas las riquezas del mundo, pero, ante este ofrecimiento tan directo y tan deslumbrante, Jesús nos da una lección especial: No hay nada, absolutamente nada que se nos pueda ofrecer que valga más que lo que nuestro buen Dios tiene preparado para los que le aman y adoran. Este tipo de tentación apela a nuestra ambición desmedida, para muchas personas, parece que si les hubiesen resaltado con oro todas aquellas promesas de Dios para hacernos ricos, saltan de una a otra y hasta han creado una especie de doctrina aparte que suele llamarse: Doctrina de la Prosperidad. Muchos cuestionan de manera sarcástica, casi tildando de tontos a aquellos cristianos que, equivocadamente, han creido que para ser cristianos humildes deben ser pobres, lo que no es cierto, pero más pobres aquellos que llegan a creer que para demostrar que son buenos cristianos deben ser ricos. No hay un conflicto entre las riquezas y la fe en Jesucristo, pero el orden debe ser como Dios manda: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia y todo lo demás os será añadido. Por si esto fuera poco, se nos advierte que a los ricos les resulta muy difícil entrar en el reino de los cielos, aclarando que no dice que los que han entrado en el reino de los cielos les resulta difícil hacerse ricos. Por si usted no está seguro de su salvación, es decir que su fe no ha madurado, mejor le será procurar esto antes que procurar enriquecerse. Si usted tuviese que decidir sólo una de las dos: Crecer espiritualmente o hacerse rico, no dude en elegir la primera. Menos mal que Dios sólo establece un orden: Primero el reino de Dios y su justicia, luego lo demás, que casi podría ser en paralelo, como dice el apostol: Deseo que prosperes en todo así como prospera tu alma. No caiga en la tentación del enemigo, no permita que el mensaje sea modificado sólo para que sea más atractivo, pues lo principal en la Biblia no es: «Dios quiere bendecirte» como a todos nos gusta escuchar, el propósito de Dios es que todos procedamos al arrepentimiento, que todos seamos salvos, entonces, el mensaje correcto es: «Dios quiere salvarte».

El tipo de tentanción que no pudo usarse contra Jesús.

Porque se nos dice de Jesús que siendo como Dios no se aferró a ello sino que tomó forma humana para sufrir como nosotros y así mostrarnos que, siendo como somos, podemos permitir que el poder de Dios fluya en nosotros para vencer en las pruebas. A Jesús no se le podía ofrecer el llegar a ser como Dios, pero esa es, precisamente, la tentación más efectiva en el mundo, «la oferta de ser o llegar a ser como Dios«, porque, según relata la escritura, el mismo demonio pretendió tal cosa y «ha de saber» lo atractivo que eso resulta y ha encontrado creativas formas de disfrazar esa tentación, la tentación más común en la que han caído aquellos que, si analizan la doctrina de «su religión», les ofrece igualarles a Dios, ya sea en la figura del Padre o en la figura del Hijo.

En una de estas formas de disfrazar la tentación de igualarnos a Dios, les hacen hijos de la que llaman «madre de dios» y así les colocan como hermanos de Dios, indicando subliminal o descaradamente, según se quiera, que se está al mismo nivel de Dios que tiene que atender las peticiones u órdenes de la «madre de dios». Cabe aclarar que, la por siempre bienaventurada madre de Jesús o de la forma humana en la que habitó Dios, nada tiene que ver con esa aberración del cristianismo, pues claramente si indica que Dios «envió» a su hijo, no dice ni insinúa que para poder salvarnos le fue necesario procrear un hijo con María, sino que ella, preciosa en su privilegio, maravillosa en su humildad y que en gloria está como todos los santos de Jesucristo, fue el vaso escogido por Dios para que su hijo tomase forma humana, no que gracias a ella halla empezado a existir un dios. No que Jesús no sea Dios, sino que, su deidad eterna se encarnó en el hijo de María con el Espíritu Santo de Dios.(de esto hablaremos luego)

En otra conocida religión, no reconocen la deidad de Jesucristo y creen que lo correcto es dirigirse directo al Padre así como lo hizo Jesús, creyendo que tienen el mismo nivel que Jesucristo, igualándose entonces al hijo que es uno con el Padre e ignorando voluntariamente lo que claramente establece la escritura: Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucrist. Nadie es igual que Dios ni puede ser igual que el mediador que él ha provisto, Dios mismo.

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Evangelio

Creo en Jesucristo como único y suficiente salvador.

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